Columna de Eugenio Severin, publicada en Entrepiso.cl

Las autoridades han advertido insistentemente en la inminencia del retorno a clases “apenas las condiciones sanitarias lo permitan”. Para ello han argumentado, por un lado en el retraso significativo en el aprendizaje de los estudiantes, y por otro, en las dificultades que la ausencia de clases propone a los padres para que puedan trabajar.

Ambas justificaciones son razonables y ciertas, y revelan una preocupación que también esta semana expresó el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, quien advirtió que “a pesar de las lecciones por televisión, radio y en línea, y los mejores esfuerzos de los maestros y los padres, muchos estudiantes permanecen fuera de su alcance”.

Es comprensible la preocupación que la ausencia de clases despierta en todos los estamentos. Las dificultades experimentadas por las escuelas para proponer experiencias de aprendizaje significativas y ricas se suman a la difícil socialización cuando está intermediada por una pantalla y las ya mencionadas que esto propone a los padres, especialmente de niños y niñas más pequeños, respecto de sus oportunidades laborales.

Sin embargo, hay dos elementos que parece necesario considerar en la discusión que podemos tener en Chile al respecto.

La primera es que, para cerca del 90% de los estudiantes en Chile, las clases no han sido supendidas. Gracias al esfuerzo comprometido y significativo de sus maestros, ellos han seguido conectados con el aprendizaje. Por supuesto, sin aspirar a la misma cobertura del currículo (lo que por cierto, ya tampoco ocurría antes con clases presenciales). Entonces, el desafío es diferente, e implica por una parte asegurar el acceso del 100% de los estudiantes a las opciones de educación remota (el jueves 30 de julio, casi cuatro meses después del cierre de las escuelas, la Superintendencia de Educación a través del dictámen 54, ha autorizado por fin el uso de la subvención escolar para apoyar la conectividad de los docentes y los estudiantes y la adquisición de equipos, software y plataformas). Por otra parte, apoyar a los docentes de manera que puedan desplegar, en contexto remoto, experiencias de aprendizaje más ricas, con capacitación, recursos, y sobre todo, experiencias compartidas colectivamente (no podemos seguir esperando que cada profesor, individualmente, descubra el mejor camino).

Un segundo elemento, es que es evidente que la experiencia internacional demuestra que mientras no haya una vacuna que definitivamente asegure la inmunidad de la población, la apertura de las escuelas ha contribuido a rebrotes del virus en países como EEUU, Bélgica, Bulgaria, Japón, Grecia, Holanda y España, entre otros. Otros países lo han hecho mejor, como Nueva Zelandia, Taiwan, Italia y Uruguay. Es decir, que la apertura no es fácil, requiere de estrictos protocolos y de muchos recursos destinados a garantizar la salud de niñas, niños y jóvenes, sus familias y sus profesores.

La discusión no es tan simple como volver o no a las escuelas. Requiere hacerse cargo del costo alternativo  significativo que cada una de las opciones tienen. Volver implica gastar importante sumas en generar condiciones sanitarias y de distanciamiento, de transporte seguro y la trazabilidad y tratamiento de potenciales contagios. No volver, significa invertir en plataformas de apendizaje, conectividad y capacitación de los docentes.

Lo más probable es que el contexto nos oblige a soluciones flexibles y mixtas. Por ejemplo, que los alumnos mayores sigan en clases remotas, que les pueden ser más fáciles por su madurez y autonomia, y porque pueden quedarse en casa sin obligar a sus padres a hacerlo también. Mientras tanto, imaginar como con más salas disponibles, los más pequeños pueden volver en condiciones de mayor distancia y estrictos protocolos, aunque también con condiciones de madurez vital que hacen también más riesgosas algunas de sus conductas naturales, como abrazar y jugar.

Las decisiones no son simples ni fáciles, y requieren nuestra mente abierta para poner en primer lugar la salud y la vida de todos los miembros de la comunidad educativa, de manera que hoy, y mañana, podamos seguir construyendo juntos el país justo y bueno con el que soñamos, y que comienza con la educación integral de cada estudiante.