Columna de Eugenio Severin, publicada en Entrepiso.cl

La presentación en TED de Ken Robinson de febrero de 2006, traducida a 62 idiomas y vista más de 66 millones de veces (el video más visto en TED lejos), titulada “Las escuelas matan la creatividad” , ha sido para muchos educadores y entusiastas de la educación una inspiración, un momento de revelación y la confirmación pública de que muchas de las incomodidades y ruidos que teníamos frente al sistema escolar tenían sentido.

El trabajo de Ken Robinson, alimentado de un exquisito humor y sentido de la ironía, apuntó a mostrarnos dos verdades del tamaño de una catedral, y que sin embargo, los sistemas educativos, en la práctica, ignoraban, y en buena parte siguen ignorando, sistemáticamente.

La primera, es que la educación  es una actividad acerca de los estudiantes, ellos son sujeto y centro de su preocupación, trabajo y responsabilidad. No es el currículo, no es la nación, no es el mercado laboral, no son siquiera los profesores o las instituciones escolares: son los estudiantes. En su libro “El elemento” invitó a todos, estudiantes, educadores y padres, a descubrir ese núcleo vital que nos moviliza a cada uno. Cuando el proceso de educativo pierde de vista que su misión es conocer, potenciar, y desarrollar el potencial de cada estudiante, para acompañarlo en su proceso de convertirse en un ciudadano pleno e integral, simplemente pierde el norte.

La segunda verdad es que la escuela que hoy mata la creatividad, el genio individual, el pensamiento crítico y la colaboración sincera, libre y horizontal de los estudiantes, no tendría por qué seguir haciéndolo. Ken Robinson nunca fue un amargado quejándose de lo mal que lo hacíamos con desencanto apocalíptico. Al contrario, dedicó los últimos 20 años de su vida a recorrer el mundo para convencernos de que podíamos hacerlo de manera diferente.

En su maravilloso libro “Escuelas creativas” desnudó los mecanismos de nuestro sistema educativo tradicional. Allí nos describe cómo el modelo educativo implementado en la mayoría de los países occidentales, y ciertamente en Chile, se basa fundamentalmente en el paradigma industrial y utiliza  tres estrategias principales: estandarización, competencia y privatización.

La estandarización establece un conjunto de reglas normalizadas a las que todo el sistema educativo y todos los actores están obligados a adscribir y que se expresa en tres componentes. Primero, un plan de estudios único, rígido y detallado, basado en asignaturas separadas disciplinariamente, y sobre el que existe escasísimo margen de flexibilidad para escuelas y docentes. El segundo componente es una pedagogía frontal, en que todos los estudiantes, separados según su fecha de nacimiento, son expuestos a los mismos contenidos, presentados de la misma forma a todos, al mismo ritmo y secuencia. Y el tercer componente es la evaluación, que consecuentemente, es también estandarizada, los mismos test, aplicados intensiva y regularmente para medir el progreso de estudiantes, docentes y escuelas.

La segunda estrategia del paradigma industrial es la de la competencia. Las escuelas, los docentes y los propios estudiantes, compiten por recursos, por matrícula y por su posición en rankings que los padres y la sociedad deberían considerar a la hora de elegir establecimiento y juzgar su calidad. Este fenomenal argumento ha sobrevivido desde 1981 en Chile a pesar de la abrumadora evidencia de que las razones de los padres para elegir establecimiento no tienen nada que ver con rankings, y se relacionan más con los proyectos educativos, las redes familiares y de amigos, el inglés y la infraestructura y la cercanía con el hogar.

La privatización de la educación es la tercera estrategia del modelo industrial. Las razones para privatizar son varias: intensificar la competencia, abrir la posibilidad de variaciones en las propuestas educativas por la vía de la “diferenciación de mercado”, transmitir la idea de que la educación es sólo una carrera individual para “ser alguien”, y aliviar la carga fiscal trasladando las inversiones al sector privado, aumentando el gasto privado en educación (Chile tiene uno de los gastos privados en educación escolar más altos del mundo).

Honrar el legado de Ken Robinson es enfrentar con decisión estas tres definiciones del paradigma tradicional. Frente a la estandarización, debemos promover la diferenciación, para contar con una educación que valore, respete y promueva la diversidad entre los estudiantes y la sociedad. Frente a la competencia, debemos promover la escuela y la educación como el espacio de la colaboración, la construcción de comunidades solidarias y comprometidas. Frente a la privatización, el sentido auténtico de lo común, lo que nos convierte en sociedad, en comunidad más allá de la escuela y nos convierte a todos en responsables de nuestra comunidad.

Las reflexiones de Ken Robinson, cuya muerte producto del cáncer nos trae de vuelta sus ideas a la memoria, nos recuerdan hoy que en educación no abordamos sólo un problema técnico. La buena educación, a la que aspiramos y la que constituye un derecho de todos los ciudadanos, no se alcanza sólo con acceso más amplio, sistemas más eficientes, y más inversión. Todo ello es necesario, imprescindible en realidad, pero si dejamos pasar la ocasión de pensar los núcleos centrales de nuestro paradigma educativo, podríamos terminar en corto plazo, con una nueva frustración en nuestros anhelos de un país más justo, más inclusivo y mejor educado. Y eso, fundar un sistema educativo más justo, más efectivo y más humano, también requerirá de nuestra creatividad.