Columna de Eugenio Severin, publicada en Entrepiso.cl

En nuestro artículo anterior revisamos el paradigma industrial, sobre el que se ha construido la experiencia educativa que escuelas, docentes y estudiantes tienen hoy en las escuelas de Chile, y buena parte del mundo occidental. Después de revisar los fundamentos de ese paradigma (estandarización, competencia y privatización) verificamos sus pobres resultados, aún medidos por los instrumentos que el mismo paradigma se propuso. Terminamos preguntándonos cuáles serían las bases de un paradigma educativo diferente. Esa reflexión es la que trataremos de compartir en este artículo.

Frente a la estandarización, un nuevo paradigma debiera proponerse sobre la base de la diferenciación. El mundo del siglo XXI, y en particular el desarrollo de la psicología y la neurociencia, ha confirmado una y otra vez que los seres humanos tenemos enormes diferencias entre nosotros, y que eso no constituye un problema, sino una tremenda oportunidad. Hemos constatado, desde la experiencia traumática de los conflictos, la guerra o la separación, que al final del día, la diversidad enriquece nuestra experiencia de vida, nos muestra posturas diferentes y con eso, cuestiona nuestros prejuicios, nos obliga a la empatía. Hemos aprendido que la diversidad no es para “tolerarla” sino para celebrarla.

En el contexto educativo, eso se debiera traducir en experiencias de aprendizaje más flexibles, que respeten procesos personales y colectivos diversos. Por ejemplo, propuestas curriculares mínimas esenciales (que resguarden el aprendizaje de los mínimos comunes) pero que dejen amplios espacios de libertad a escuelas, docentes y estudiantes para desarrollar aprendizajes variados. Estrategias metodológicas que partan por reconocer los talentos e intereses de los estudiantes. Políticas y estilos de liderazgo que confíen en los docentes como verdaderos profesionales, que en su contexto auténtico tomarán decisiones y para lo que requieren libertad, apoyos y sobre todo, confianza y reconocimiento justo. Y finalmente, sistemas y estrategias de evaluación flexibles, diferenciados y variables, que sean instrumentos para acompañar el aprendizaje y mejorar paso a paso. Pensamos en test que sean instrumentos de mejora continua, y no solo tengan el carácter de una “autopsia”, que sirve para determinar lo que el estudiante ya no aprendió.

Frente a la competencia, un nuevo paradigma educativo debe fundarse en la colaboración. Las escuelas son comunidades de aprendizajes, insertas a su vez en comunidades territoriales y nacionales. Recuperar el sentido de lo común, lo que construimos juntos, lo que nos hace parte de una historia compartida y un destino juntos. El papel de la colaboración en el mundo de la innovación y la empresa, en el de la creación y diseminación del conocimiento, ha demostrado ser mucho más eficiente que el de la competencia cerrada. Los desarrollos tecnológicos del siglo XXI han fortalecido las herramientas y la cultura de la colaboración, más allá de los muros y las fronteras tradicionales, abriendo oportunidades para el encuentro y el trabajo cooperativo incluso entre personas que no se conocen entre sí.

En la escuela del siglo XXI, las posibilidades de la colaboración y el encuentro son infinitas. Entender la propia escuela como una comunidad para el aprendizaje de todos, significa reconstruir el papel de docentes, estudiantes e incluso sus familias. El compromiso de todos los miembros está en el aprendizaje de niñas y niños, pero también en cómo todos debemos ser aprendices siempre. Y para eso, no queda sino colaborar, compartir saberes, experiencias, conocimientos, para avanzar juntos. Una escuela articulada desde la colaboración es la semilla de una sociedad distinta y de una forma enriquecida de ciudadanía.

Frente a la privatización, el nuevo paradigma educativo debe fortalecer el compromiso con lo público como el espacio de compromiso con la justicia para todos, con la equidad. No se trata de perseguir la iniciativa privada, ni demonizarla. Al contrario, la mayor de las veces, el papel de las personas, las empresas, las fundaciones, las ONG y las iglesias en educación ha fortalecido la diversidad de los proyectos educativos disponibles, ha enriquecido las posibilidades de aprendizaje para las familias.

Fortalecer el compromiso con lo público en el sistema educativo no pasa por expulsar el aporte de las personas y las organizaciones privadas, sino por ponerlas en un contexto de compromiso con la justicia y la equidad. Los desafíos educativos son enormes y los recursos siempre menores de los necesarios. Necesitaremos de la creatividad, el impulso y los recursos de todos para avanzar, en el contexto de un nuevo papel para cada uno de los actores, basado en la colaboración, en el respeto y valoración de la diversidad, y en el compromiso con una educación de calidad para todos.

Igual que con el paradigma industrial, los tres componentes de un posible nuevo paradigma (diferenciación, colaboración, valorización de lo público) se alimentan y fortalecen entre sí. Las políticas públicas en educación, las formas en que se ejerce el liderazgo educativo en las escuelas, y las prácticas pedagógicas de los docentes, alineadas entre sí, podrían contribuir significativamente en la construcción de este nuevo paradigma. Eso requiere de todos esos actores, convicción y compromiso, manifestado en un pacto educativo centrado en la calidad.

Probablemente una de las explicaciones para las dificultades que ha enfrentado la mejora de la calidad educacional es que se ha centrado demasiado en moderar y corregir los excesos de uno de los componentes del paradigma actual, sin avanzar coherentemente con los otros componentes, más conectados con la experiencia de calidad en la vida de escuelas, docentes y estudiantes.